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#NoOscarFest: 'El club', de Pablo Larraín

By Cinéfagos - 26 de abril de 2016 3 Comments

Este artículo está escrito por Carlos Cañas, redactor de Cinéfagos.es

Al inicio de la película 'El club', en la oscuridad del fondo negro mate se escribe, en letra blanca, un extracto del Génesis que marcará la esencia y tono de toda la obra: "Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas". Y por eso, 'El club' nace en el alba y se moverá en la frontera entre el día y la noche de una pequeña localidad costera llamada La Boca. Surca así el filme las primeras luces matinales, los cielos nublados y los anocheceres. La luz y la sombra son aprisionadas tras una sucia patina azulada fruto de la combinación del digital con viejas lentes anamórficas rusas, lo que otorga al filme un aspecto brumoso donde lo único que destaca frente al inmenso mar es una casita de color amarillo pálido donde el director chileno, Pablo Larrain, encierra la verdadera penumbra.

El "club" al que no se le refiere así en ningún momento, dice ser, o ello cree el resto del pueblo, un lugar de retiro espiritual para antiguos curas; y debe ser, o ello dice la teoría, un centro de penitencia para eclesiásticos pecadores. Pero la realidad es que el "club", lejos de ser un centro de penitencia, es una penitenciaría donde la iglesia católica oculta sus crímenes y a sus criminales: abuso sexual infantil, complicidad con las sangrientas fechorías de la dictadura militar, alcoholismo o tráfico de bebés. Cuatro curas y una monja, llenos de claroscuros, simbolizan todos estos pecados y los entierran con individualismo, justificaciones, mentiras, reality shows de televisión y unas lucrativas carreras de galgos. Eso sí, como si de una clausura monástica se tratase, por la mañana se levantan y oran, toman desayuno, celebran misa, almuerzan, cantan, rezan el rosario y cenan. Su religión minutada nunca falta.

La plácida existencia de este limbo se verá turbada con la llegada de un quinto cura, otro criminal que dice no ser como los otros (el tan traído "¡soy inocente!"). Tras él, llegarán los ángeles. El primero de ellos, hijo del futuro que quiere a la iglesia católica, es un ángel negro de espesa cabellera y barba. Un "ex-niño" del quinto cura. Una víctima. Su venida hará que el quinto cura, preso ante todo de sus remordimientos, se quite la vida como método de huida. Pero tras ello, y una vez despachada la rápida y fútil investigación policial (hecho que habla por sí solo), llegará un ángel blanco, de fina cabellera y barba. Un hijo del futuro. Un director espiritual. Un psicólogo profesional con estudios en España y en Ginebra. Un hombre de buen vestir y olor del que dice la Curia estar "muy preparado" y ser "muy hermoso".

Cuatro curas y una monja, llenos de claroscuros, simbolizan todos estos pecados y los entierran con individualismo, justificaciones, mentiras, reality shows de televisión y unas lucrativas carreras de galgos. Eso sí, como si de una clausura monástica se tratase, por la mañana se levantan y oran, toman desayuno, celebran misa, almuerzan, cantan, rezan el rosario y cenan. Su religión minutada nunca falta.


'El club', Oso de Plata al Gran Premio del Jurado de la Berlinale 2015, es una película más de director y actores que de guión. Es una película que busca reflejar la esencia de los pecados y pecadores de la Iglesia Católica y en la que importa más lo que se siente que lo que se cuenta. Su libreto fue escrito sobre la marcha (quizá por ello sea su apartado más mejorable), pero su dirección y actuaciones son firmes y claras. De ahí su simbología. De ahí su música. De ahí su tono, presente en un limbo entre la tragedia y el humor negro. De ahí su penumbra visual, tanto a nivel de estética como a nivel de planos: generales alejados y difusos y primeros que aíslan a los monstruos que miran a cámara. De ahí sus actuaciones, donde todo el elenco actoral construye personajes grisáceos, inquietantes y sugerentes que intentan opacar sus luces y sombras. Y de ahí su montaje casi azaroso, que otorga fluidez al conjunto y lo cohesiona: los pecados de unos se extienden a otros mediante el cambio de planos.

Y con ese ángel blanco —o castaño encanecido, según va el espectador conociéndole mejor—, El club muestra el cáncer que poco a poco carcome una institución que siempre trata de refugiarse en la luz de la santidad mientras cierra las cortinas a la oscuridad de la noche, temerosa de ver su verdadero reflejo. Y esto, lejos de ser una metáfora, ocurre en el filme cuando la nocturnidad muestra a los personajes en su perfil más descarnado, de ahí que el clímax de El club tenga lugar en la noche. Es una escena que además deriva en una nueva víctima a raíz de los protagonistas: ese ángel negro que aborrece la iglesia pero que se ve atraído y subyugado por ella. Un cordero de Dios. El Agnus Dei. Víctima ofrecida en sacrificio por los pecados.

Y una vez ese Agnus Dei, representación directa de Jesucristo como Salvador y Juez según el libro del Apocalipsis, acaba reunido con el resto de penitentes, es el ángel blanco el que marcha, pues da por finiquitada su misión con el "club". Y el silencio se hace. La oscuridad es total. El "club" deja de ser una penitenciaría y se convierte en  lo que siempre debió haber sido: un centro de penitencia. Aunque nosotros no lo veremos y los crímenes seguirán impunes.

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